viernes, 2 de septiembre de 2016

Salta, Madre, Salta

Salta, Madre, Salta


A doña Hilda, que hoy nos olvida.

Los niños nos miran, madre; primero con envidia, luego con sorpresa. Se asombran, mantienen abiertas las tiernas quijadas al verte montada sobre este juguete, tan común para ellos, tan ajeno a la piel de tus manos manchada por el tiempo. Eres sonrisa extraña en este sitio, como flor que resiste al mal tiempo, a las nubes que se niegan y a la falta de agua que acecha este yermo llano en que se ha convertido la vida.
     Cual conmovido viajero en desconocida tierra nos contemplan, madre; examinan tu sonrisa, donde faltan los dientes pero sobra el recuerdo y el bálsamo de los helados que en tu lejana juventud comiste, el tequila que degustabas durante las frías fiestas decembrinas o aquellas tazas de café que sorbiste a la espera de mi hoy ausente padre, sentada bajo la sombra de los alegres portales del pueblo donde naciste.
      Escuchan tu risa, madre; los dichosos gritos que por décadas guardaste bajo la maraña de arrugas que una mañana se quedaron a vivir sobre tus sienes; pueril carcajada que brota de tus entrañas y rompe el cascarón de la máscara hosca, brava, severa, a veces incluso violenta, que te ayudó a educarnos con la firmeza que todo padre anhela.    
      Míralos, madre, ríen; les inquieta tu vestir: tus calcetas saturadas de colores, hartas con dibujos de engreídos payasos que parecen ufanarse, dichosos, al poder acompañarte en tus octogenarias e incomprendidas aventuras. Adoran tu pantalón zancón de mezclilla, tus zapatos blancos, el cinturón con flores y la blusa blanca estampada con la imagen de un caricaturesco personaje que ni siquiera nosotros, tus hijos, conocimos en la televisión, pero es tu predilecta.
     Te veo, madre, inquieta y ajena al escarnio popular y no te reconozco. Tú que siempre procuraste que los problemas que agobiaban a tu familia se quedaran en casa, atrapados entre las paredes de concreto. Y hoy, ante el mayor de tus problemas, no te agobias, no te preocupas, no reparas en las risas que a momentos se tornan en burla. Poco te importa, sólo carcajear y juguetear y berrear como la resucitada niña en que te ha convertido esta enfermedad que nos ha borrado de tu memoria.
     Te contemplo con la misma temeraria ternura con la que vigilo a mis hijos en el parque más próximo a casa, con idéntico temor al verte saltar entusiasta en este cotidiano juguete para los críos: enorme castillo lleno de aire que por hoy he reservado para que juguemos.
        Salta, madre, salta mientras los desconocidos seres que acuden a esta plaza en nosotros reparan y embroman y se inquietan y nos celan porque por hoy eres la niña que a sus ochenta años goza a pesar de que el "no me acuerdo" se alojó en tu memoria.
        Salta, madre, salta.

lunes, 4 de julio de 2016

La Sonrisa del Abuelo

La Sonrisa del Abuelo



Sentado en el jardín, recargado contra las macetas llenas de espigados y orgullosos alcatraces nutridos por las lluvias de junio, el longevo hombre mira apesumbrado el colorido objeto que sostiene entre sus manos. Los toscos dedos recorren cariñosos cada palmo; cerril y melancólica caricia bajo la engrosada piel que cubre sus yemas.
            Mientras, apostado tras la ventana de la cocina, montado sobre un garrafón de agua vacío, Santiago atiende el tristón actuar de su abuelo, rodeado por buganvilias y verdosas enredaderas apoltronadas sobre los muros que circundan el patio. Curioso, baja del improvisado escalón y camina hacía la puerta. En el jardín, avanza entre macetas con rosales y siemprevivas. Se detiene un momento, atraído por un grupo de ruidosas golondrinas que alimentan diminutos polluelos guarecidos en nidos armados sobre los cálidos faroles que al caer la noche resplandecen. Se acerca sobre puntas, silencioso, al octogenario y eleva un alegre alarido ansiando asustarle. Pero el anciano le ignora y continúa sumido en su pensamiento.
            –El abuelo está triste –advierte Santiago a su padre al regresar a la cocina. El hombre voltea hacía la ventana, sin soltar la sartén colma de huevos y tocino que arde sobre la estufa. Lo observa por algunos segundos, hasta que lleva su mano hacia la llave de gas y la gira, provocando que la flama desaparezca. Toma el paño limpio que carga sobre el brazo y se frota las manos, mientras camina hacia la puerta.
            –¿Qué paso, padre? ¿Ya está listo para ir a celebrar su cumpleaños? –pregunta al llegar al jardín.
            El abuelo levanta la mirada; las arrugas dibujadas en la frente parecen más profundas y extensas a causa del gesto compungido. En los ojos, cada año más grises –víctimas de la nube que en ellos se extiende–, contienen un cúmulo de perlas cristalinas a punto de reventar. Cuidadoso, estira el brazo y abre el puño frente a Santiago y su padre, quienes le miran confundidos.
            –Se rompió. Estaba lavando mis manos en el baño y luego me enjuague la cara. No se cómo se cayeron pero estaban en el suelo. No me di cuenta. Se rompió en dos. Ya no sirve –confiesa tristón–. ¿A qué voy, si ya no sirven? Aquí me quedo, aquí los espero.
            Santiago repara en la cabeza cada vez más calva y brillante de su abuelo. Se enternece  ante las palabras que suenan a pueril berrinche, pero es incapaz de resistir un ligero e inocente gesto de repugnancia cuando su padre sostiene el objeto, roto por la mitad, que extiende el anciano.
            –No se preocupe, padre. Ahorita los reparamos.
            –¿Cómo lo arreglamos? Ya no sirve –musita–. Están rotos: ¿para que voy? ¿Para que ustedes coman mientras yo nada más les miro? Ni siquiera voy a poder soplarle al pastel.
            Santiago ríe, pero interrumpe el gesto ante el ligero empujón cortesía de su padre. Voltea, preocupado, pero se encuentra con una cómplice sonrisa bajo el dedo que le pide sigilo.
            Por la tarde, los tres hombres caminan sobre las banquetas citadinas. Buscan entre centenares de locales uno que pueda ayudarles en la tarea de reparar el objeto. A su paso, transitan entre puestos de fritangas y tacos de carnitas, también por vendedores de birria y pancita, además de algunos expendios de pan dulce y pasteles embardunados de merengue. El abuelo saliva ante la oferta culinaria y suspira melancólico como infante después de un regaño.
            –¿Ya tiene hambre, padre?
            –No –sentencia.
            –¡Uhh, yo que le iba a invitar unos taquitos de nariz de puerquito!
            –¿Te estás burlando?
            –No padre, no.
            –Oiga, abuelo, y de qué va querer su pastel para en la noche. A mi me gusta de queso y fresas. ¿No se le antoja?
            El viejo no responde. Camina desconsolado vigilando las cazuelas que vaporizan afables aromas a comida corrida: chilitos rellenos, huevitos duros, carne en chilito pasilla, longaniza con papas.
            –Oye, hijo: ¿tú crees que sí encontremos quién los repare?
            –Eso espero, padre –le indican con picardía–. Si no, vamos a tener que hacerle su papilla para que no se quede nada más mirándonos cuando comamos para celebrar por su cumpleaños.
            –¿Apoco también come papilla como los bebes, abuelo? –pregunta el pequeño Santiago, mientras observa, cómplice a su sonriente padre.
            La tarde avanza y los tres cuerpos zigzaguean por las calles a prisa. Cambian de banqueta constantemente y se detienen en algún punto donde escuchan atentos las indicaciones de algún transeúnte. Caminan buscando las calles referidas y, en más de una ocasión, Santiago aguarda junto a su abuelo mientras su padre acude al sitio señalado, donde es recibido por individuos ataviados con bata médica y tapabocas, a quienes muestra el objeto que carga envuelto en una servilleta desechable. Lo toman y revisan cuidadosamente, pero después de algunos segundos, niegan con la cabeza y lo entregan.
            –¿Qué te dijeron, hijo? –inquiere el abuelo.
            –Que ya es tarde, padre. Que pueden repararlo, pero hasta mañana.
            –¡Uyyy, no! ¿Cómo hasta mañana? Si mañana ya no va ser mi cumpleaños. Es hoy.
            –Pues sí, padre, pero qué quiere que haga.
            –Pues hazle la luchita –sugiere preocupado.
            Con la noche instalada sobre sus hombros, las tres siluetas descansan en una banca de cemento fría en alguna concurrida plaza pública de la ciudad. Un par de niños juegan con un papalote de plástico en forma de águila que colea, una y otra vez, incapaz de elevarse. Santiago les mira emocionado, pero el murmullo naciente en su estomago le incita a seguir con la mirada a una pareja de jóvenes amantes que comparten un suculento elote con mayonesa y queso de granos ingentes.
            –Yo creo que ya nos vamos, padre. Ya nos deben estar esperando para su fiesta.
            –Yo no voy. ¿A qué?
            –Ya es tarde. Nadie quiso arreglarlos.
            –Pues vámonos a la casa.
            –¿Y apoco va a dejar a sus hijas plantadas con el pastel?
            –Que se lo coman ellas, al fin yo ni puedo.
            Nostálgicos, abandonan el asiento y toman el sendero a casa. A su paso, los noctámbulos vendedores de comida organizan la jornada diaria: levantan ruidosas cortinas metálicas, arman puestos itinerantes, instalan mesas con salsas y verduras recién lavada. Los taquitos de sudadero y las quesadillas inundan con su aroma las calles; también las pozolerías y los caldos de gallina atisban su fragancia.
            –Espérenme. No se vayan. Ahorita regreso.
Santiago, tomado de la endurecida mano de su abuelo, sigue la larga carrera de su padre rumbo a un local decorado con coloridas luces neón, al otro lado de la calle. Toca un timbre y un enorme hombre disfrazado de galeno asoma. Su padre intercambia algunas palabras y le extiende el envoltorio. El hombre, cuyo cuerpo recuerda al pequeño la figura de sus luchadores de juguete, toma el objeto y entra a su consultorio. 
            –Abuelo
            –¿Qué quieres?
            –¿Por qué no tienes dientes?
            –Porque me los robaron.
            –¿Quién te los robó?
            –El tiempo.
            –¿Quién?
            –El tiempo.
Los minutos transcurren y los expendios de comida se nutren de comensales. Al otro lado de la calle, el hombre con cuerpo de luchador sale del local y entrega una pequeña caja al padre de Santiago; éste extiende un par de billetes y se despide. Cruza la calle sin aguardar el cambio de semáforo y corre hasta encontrarles. Al llegar junto a ellos, tiende la caja al abuelo y le pide abrirla.
            Como en la mañana, sentado en el jardín, rodeado de espigados  alcatraces, los toscos y veteranos dedos recorren cariñosos el objeto. El abuelo sonríe y muestra las encías carentes de dientes. Santiago saca la lengua, inventa alegres gestos que fingen un sentir nauseabundo, y sujeta su diminuto estómago en señal de gozo. El viejo toma el rosáceo objeto y lo instala al interior de su boca, sobre las encías vanas.
            –¡Tienes dientes nuevos, abuelo!
            El abuelo se carcajea y presume la dentadura que ahora amuebla su boca.
            –Vámonos, padre. Vámonos a tu fiesta, que ahora sí ya tienes tus dientes.


Publicado originalmente en:
https://debate.quadratin.com.mx/opinion/a-tiro-de-tecla-13/

martes, 7 de junio de 2016

Vivir en Vecindad (o cómo odiar a sus vecinos) II

Fantasmas y Cachivaches


Vivía en un edificio que décadas atrás fue una casona unifamiliar, y hoy es un multifamiliar que alberga a 26 personas. Poseía dos enormes jardines que la modernidad arrolló y les convirtió en frías planchas de concreto que ni el sol más valiente de julio lograba elevar su temperatura. Años más tarde, a petición vecinal, la dueña del edificio decidió remozar la estructura completa, incluidos los patios, y sobre el concreto se instaló una risible baldosa cuyo decorado simulaba docenas de cantos rodados. También tiñeron las paredes que el sarro poco a poco había consumido, repararon algunos daños menores en puertas y ventanas e instalaron candelabros tipo colonial hechos en china en los pasillos comunes. El resultado fue una grotesca composición ecléctica cuyos elementos inconexos entre sí me recordaban lo incompatibles que éramos, pensados como conjunto, cada uno de los habitantes del edificio. 
La condición final tras el remozamiento del inmueble surgió en una de las reuniones vecinales con la dueña del edificio: “No quiero que haya nada en el patio –nos dijo–. No debe haber macetas, bicicletas, toallas oreando a la intemperie. Tampoco balones de futbol, jaulas de pájaros, tanques de gas, ni trapeadores afuera de sus puertas”. Con algunos ceños fruncidos la reunión terminó y rápidamente aquellos avecindados que tenían objetos fuera de su departamento comenzaron a acumularlas al interior.
Para mí, el nuevo reglamento no trajo mayor dificultad. Mi único lastre en el patio era una bicicleta Vagabundo desvencijada que a la fecha juro y perjuro que repararé. Para otros, la nueva norma resultó catastrófica. Además de bicicletas, tuvieron que entrar en los pequeños departamentos jaulas con escandalosos pajarracos, costales con latas y botellas de plástico, tambores de cama oxidados, macetas de plantas para sol condenadas al entrar a la sombra y cachivaches arrumbados por meses en los rincones comunes de la casona. El cambio parecía benéfico.
En aquellos tiempos, prefería estar en el departamento sólo por las noches; buscaba cualquier pretexto con tal de alargar mi estadía en la casa de mis amigos o me colaba sin boleto a las salas de la Cineteca, con tal de llegar lo más tarde posible al edificio, cuando el cansancio se apropiaba de los  vecinos y el bullicio por fin claudicaba.
Entraba sigilosamente al complejo, tanto como el rechinido de la puerta me lo permitía. Al cerrar el enorme portón, podía sentir las miradas siempre vigilantes sobre mi espalda, mientras subía la escalera rumbo a mi departamento. En esa breve marcha, acostumbrado a caminar por los pasillos oscuros, solía andar relajado al saber que no habría objeto olvidado (bicicleta, juguete, maceta…) que se interpusiese en mi camino.
Sin embargo, las prácticas cotidianas difícilmente pueden ser cercenadas de la noche a la mañana. Las toallas de baño continuaron oreándose sobre las cornisas de los patios, los malolientes zapatos esperaban junto a las puertas y los tanques de gas tuvieron que permanecer fuera ante el miedo de una  fuga de gas nocturna o una explosión inesperada. Los objetos volvieron a acumularse al exterior de los departamentos.
En aquellas llegadas nocturnas, una vez más, tropezaba con todo tipo de objetos; incluso con tortillas extendidas sobre el piso esperando perder humedad hasta entiesarse. Resultaba exasperante sentir la fina estructura de un triciclo clavarse en mis espinillas, o patear decenas de juguetes abandonados en la escalera, a riesgo de despeñarme por culpa de alguna canica abandonada; así que decidí poner manos a la obra.
Cada noche, en los patios, al arribar a mi departamento, aguzaba la vista en busca de algún objeto olvidado. Si encontraba algo en mi camino, lo levantaba y, cautelosamente, subía a la azotea. Desde aquella altura del edificio podía observar las pistas del aeropuerto; me embelesaba momentáneamente con las luces purpura de las pistas de aterrizaje emplazadas junto al lago, como luminosas y exquisitas alfombras a la espera de cientos de aves multimotores. Junto a nuestro edificio, el lote vecino permanecía abandonado, sin construcción que le vigilase, sólo ocupado por altos pastos que se se apoderaban de cada resquicio del terreno en temporada de lluvias, mientras cuatro altas bardas le delimitaban. Hacia ese terreno lanzaba el objeto que de forma azarosa encontraba en mi camino.
El olvidado terreno se fue nutriendo de juguetes infantiles, un par de triciclos, una bicicleta, al menos media docena de macetas, toallas percudidas, sabanas multicolores, fierros viejos, zapatos, tenis, trastos y ropa vieja. Lanzaba cada objeto con la alegría de un niño que logra elevar un papalote en una tarde con poco viento; y disfrutaba de su momentáneo trayecto rumbo a los altos pastos que silenciosamente recibían la ofrenda que desde las alturas les procuraba.
Discurrieron algunas semanas y los objetos escasearon. En aquellos días me preguntaba si la carencia de artilugios se debía a mi incansable tarea o a la sensatez  que por fin se había apoderado de mis vecinos. Siempre pudo más el primer pensamiento.
Para evitar sospechas, durante las pocas tardes que pasaba en el edificio, abría completamente la puerta de mi departamento y, de manera recurrente, podía sentir las miradas curiosas de aquellos que pasaban enfrente, buscando al interior de mi estancia alguna evidencia de todos aquellos objetos desaparecidos.
Abandoné por un breve periodo mi afrenta. Me emocionaba escuchar a los niños del edifico relatar historias plagadas de referencias al espectro que recorría durante las noches los pasillos del inmueble y gustaba de robar bicicletas, juguetes, ropa interior de los tendederos y hasta niños miones que no obedecían a sus padres. También me emocionaban las charlas de lavadero que se generaban entre las señoras, que al percibir mi cercanía, de manera brusca, terminaban la letanía llena de explicaciones y chivos expiatorios ante los cachivaches ausentes.
El punto cumbre de mi obra llegó la noche que decidí invitar a mis amigos a seguir la celebración en mi casa tras un concierto de los Rolling Stones. La madrugaba avanzaba y la luna se había negado durante aquellos días a coronar el cielo; de modo que la oscuridad al interior de edificio era propicia para andar discreto sobre las azoteas, como rata de caño mansamente asomando por la alcantarilla.
“No hagan ruido –pedí cuando bajamos del taxi–. No quiero despertar a los vecinos” Abrí la puerta y entramos evitando arrastrar las suelas de los zapatos. “No veo nada –susurraban, mientras buscaban mi hombro para guiarse entre los desconocidos pasillos–. ¿No hay focos?” “No, no hay” A punto de subir por las escaleras, alcancé a distinguir un enorme bulto arrinconado. “Espérenme tantito, no se muevan”. Me acerqué al paquete y con la exigua luz de mi teléfono iluminé una mesa con un moño rojo enorme encima y cuatro sillas, todavía envueltas en plástico de fábrica, junto a ella. Era la madrugada del diez de mayo, la antesala al Día de las Madres.  
Subimos al departamento. Mis manos tiemblas sudaban. Instalé a mis acompañantes en su respectivo sillón para pasar la noche y esperé que durmieran. Un par de horas después, justo antes del amanecer, salí al patio, bajé las escaleras y me dirigí hasta el bulto. Me detuve un momento, asustado por la luz que intempestiva brotó del baño frente a la mesa. En la quietud del alba resonaba el lánguido sonido de la orina impactando contra la orilla del retrete, y la posterior descarga de agua al accionar la palanca. A los sonidos matinales se sumó el crujido del cancel del baño al abrirse y la inconfundible tonada del agua brotando de la regadera. Coloqué las manos sobre una de las sillas y, de dos en dos escalones, subí rumbo a la azotea del edifico. Tres veces más realicé el mismo recorrido.
A medio día, salí del departamento en compañía de mis amigos. En el patio lloraba la casera a moco tendido. Intentaba relatar a otras vecinas la desaparición de cuatro sillas durante la noche. “Se robaron mis sillas –gemía, al tiempo que acariciaba la mesa de la misma manera que una madre mima a su niño lastimado–. Se llevaron las sillas del comedor que hoy mi hijo acababa de regalarme”. Salimos del edificio sin que alguien nos notara.
“¿Qué pasó? –preguntaron mis amigos”. “No sé. Creo que se robaron algo”. “¿Quién habrá sido?”. “Ni idea –contesté–. Mejor vamos por una barbacha al mercado”.
Hasta el día que viví en aquel edificio, los patios permanecieron libres de cualquier objeto ajeno a su surrealista decoración. Las bicicletas y los botes de basura, las macetas con pequeños helechos y las cazuelas sucias, los zapatos y las tortillas duras se guardaron celosamente al interior de cada departamento. Cuando en algún lugar de la urbe observo el hilarante despegue de los aviones desde el aeropuerto, recuerdo la embelesarte imagen de las pistas de aterrizaje coloreando la noche, mientras un cuarteto de sillas volaba rumbo a los altos y silenciosos pastos del lote vecino.

Publicado Originalmente en
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